La Colombia de Alvaro Uribe
Este artÃculo me lo enviaron al correo, asà que lo dejo aquà para todos.
Fuente: Diario La Jornada
Miércoles 21 de junio de 2006
José Steinsleger/ II
La Colombia de Alvaro Uribe
En Colombia, la "violencia de los unos y los otros" se desarrolla dentro de un Estado oligárquico donde "los unos" son dueños de 67 por ciento de las tierras cultivables (menos de 4 por ciento de los propietarios) y "los otros" esperan desde 1810 que la democracia "más-antigua-de-América" (sic) sea algo más que imaginación de polÃticos, escritores y periodistas cómplices o despistados.
Datos recientes de Naciones Unidas estiman que de un total de 43 millones de habitantes, 31 por ciento subsiste en la indigencia, 64.2 anda por debajo de la lÃnea de pobreza, 17 está desempleada (2.5 millones), 40 vive del subempleo (6.8 millones) y 4.1 millones se desenvuelven en la informalidad.
Más de la mitad de los colombianos económicamente activos (22 millones) vive de lo que puede, en tanto, según el Banco Mundial, la relación rico-pobre es 1-80, cuando en el decenio de 1990 era 1-52. Y del total de 8 millones que trabajan, sólo la mitad gana el salario mÃnimo o tiene contrato de trabajo.
En un paÃs célebre por sus brujos y hechiceros, los gobernantes colombianos parecen haber encontrado la alquimia perfecta de la injusticia estructural: delegación del mando a través de conjuros "democráticos", criminalización de la protesta social, exterminio sistemático de dirigentes y militantes de las causas democráticas y populares, masacres en campos y ciudades a plena luz del dÃa y total y absoluta impunidad de los asesinos entre los varios recursos, quizá tan misteriosos, del exterminio social.
Sin guerras de invasión que lo justifique, las oligarquÃas colombianas han causado en el pasado medio siglo la muerte violenta de 200 mil personas, aproximadamente. En 1996, mil 900 precandidatos renunciaron a presentarse a comicios locales, 49 alcaldes y concejales murieron asesinados y más de 80 fueron secuestrados.
Un informe de la policÃa, publicado por un diario de Bogotá (El Espectador, 24/4/99), reveló que en 1998 fueron asesinadas 23 mil 96 personas, otras 2 mil 609 secuestradas y en 115 masacres murieron 685 personas. MedellÃn aparecÃa como la ciudad más violenta, seguida por Bogotá (2 mil 439 personas asesinadas) y Cali (mil 871).
Colombia es lÃder mundial en asesinatos selectivos de dirigentes populares y sindicales. Mil 500 de 1987 a 1992, 3 mil de entonces a la fecha. Si bien escasa, en términos comparativos, la violencia de la resistencia también se hace sentir. Las FARC retienen cerca de 3 mil secuestrados, figurando entre éstos la candidata presidencial Ingrid Betancourt, varios legisladores, oficiales del ejército y de policÃa y tres agentes yanquis espÃas de la CIA de un avión abatido por fuego rebelde.
Una comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas precisó que "... en 2005 se concretó la más grave operación de impunidad, especialmente frente a miles de violaciones cometidas por grupos paramilitares". Un informe de la Cruz Roja Internacional estima que en el mismo año se registraron 55 mil 327 desplazados y 317 desapariciones forzosas (aumento de 13.6 por ciento en relación a 2004).
Según testimonio de Rafael GarcÃa, ex director de informática del DAS (seguridad del Estado), existen listas negras de profesores, sindicalistas y activistas de derechos humanos elaboradas por esta institución, y luego asesinados. Alfredo Correa de Andreis, ingeniero agrónomo, sociólogo y ex rector de la Universidad de Magdalena, fue desaparecido y muerto el 17 de septiembre de 2004 cuando trabajaba en una investigación sobre despazados en BolÃvar y Atlántico.
De las cinco nacionalidades que representan la mitad de los refugiados atendidos en 2005 por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas (ACNUR, 8.4 millones), Afganistán ocupa el primer lugar (2.9 millones), seguido de Colombia (2.5 millones), Irak (1.8 millones), Sudán (1.6 millones) y Somalia (839 mil). En "desplazados internos" (20.8 millones) Colombia ocupa el primer lugar (2 millones), seguido de Irak (1.6 millones), Paquistán (1.1 millones), Sudán (1 millón) y Afganistán (912 mil).
El uso de minas "antipersonales" representa otra variable atroz de la guerra. Colombia encabeza desde 2005 el primer lugar en registrar vÃctimas por la siembra de este tipo de artefactos. La guerrilla fabrica minas artesanales (quiebrapatas) y el ejército y los paramilitares usan las Kleymore, vendidas por Estados Unidos.
Desde 1990, cuando se produjo el primer accidente con una mina, mil 60 colombianos han quedado mutilados (más vÃctimas que en Afganistán y Kampuchea). Actualmente, se calcula que entre 70 y 100 mil minas han sido sembradas en 31 de los 32 departamentos (provincias) del paÃs. Una mina antipersonal tiene una vida de 50 años. Armarla cuesta un dólar. Desarmarla, 400 dólares.
En Bogotá, un informe del corresponsal sueco Dick Emanuelsson observó que la televisión muestra niños mutilados o heridos por las esquirlas de las minas, pero jamás se permite mostrar a los soldados desangrados en los campos de minas. Excepto cuando salen del hospital en sillas de ruedas, sin piernas.
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Escuela del dolor
Un artÃculo muy interesante publicado en el yesQuero, sobre School of the Americas - SOA quienes entrenan al ejército.
Leer artÃculo.
Recomendado.
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Drogas en el Campus
Dejar el colegio atrás y llegar a la Universidad, permite a muchos jóvenes acceder a un nuevo mundo más permisivo y que, a la vez, les exige más responsabilidades. La falta de preparación para asumir estas decisiones hace que fácilmente se pueda llegar al mundo de las drogas psicoactivas que están presentes silenciosamente en el mundo universitario. Bueno, ni tan silenciosamente puesto que todos terminan sabiendo donde están y cómo las pueden adquirir.
En su investigación “Las drogas tal cual…†Karina Malpica nos dice: “Ningún gobierno puede proteger la salud de sus ciudadanos, ni a través de la legislación, ni mediante campañas atemorizantes. Tampoco se puede decretar la desaparición de las drogas. Estarán con nosotros en tanto muchas personas encuentren en ellas el refugio, la evasión, la distracción, el conocimiento, el alivio o la satisfacción que buscan. Lo que sà resulta factible es reducir los daños que causan la desinformación, el consumo, el abuso y sobre todo, la prohibición de algunas de ellas.â€.
Las drogas no son un problema aislado de otros que actualmente causan daño en la sociedad. A veces se requieren hechos graves para disparar las alarmas y ponerlo nuevamente en la agenda pública. Problema que al pasar de moda seguirá ocurriendo silenciosamente. En la última edición del periódico de la Universidad de Antioquia “Alma Materâ€, el rector Alberto Uribe Correa se pronuncia sobre la reciente muerte de un estudiante y nos dice “La muerte por sobredosis del estudiante John Renato Rúa MejÃa y el riesgo que por la misma situación vivió la alumna Dilean Esther Muñoz Medina, deben llamar a la reflexión y a la toma de acciones inmediatas por parte de todos los actores de la sociedad.â€.
Como siempre, aunque no podemos decir que no se hayan intentado campañas preventivas, hay que esperar que ocurran hechos graves para empezar a hacer un análisis del problema desde otros puntos de vista. Tampoco se debe creer que el problema acaba al cerrar los espacios donde comúnmente se ofrecen y se consumen estas drogas. Puesto que solo se logran mudar estas actividades de sitio. Tampoco hay que hacer una cacerÃa de brujas contra el consumo de las mismas. Hay que reflexionar, preguntarse y dar una mirada atrás de lo que está sucediendo, el problema de las drogas en las universidades ha estado siempre presente y las campañas contra su consumo no se pueden quedar solo en el tema de la decisión sin considerar, por ejemplo, los otros muchos factores presentes al momento.
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Suerte
Por fin subí esta historia que tenía pendiente, solo quita 10 a 15 minutos el leerla. Se encuentra con fecha de 31 de octubre
Otra vez la requisa. El hombre pidió que abriera mi chaqueta antes de entrar. Palpó mi cintura, pidió que abriera mi maleta y luego hizo una seña para que siguiera adelante. Pasé bajo un detector de metales que emitió ese chillido normal para quien entra.
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Memoria
Memoria. Eso es lo que necesitamos. Que nos recuerden las cosas porque si no se nos olvidan. Ahora que he perdido tantos recuerdos y me doy cuenta que he olvidado muchas cosas me doy cuenta de lo importante que es la memoria. Rememorar lo que hemos hecho es saber lo que somos y donde estamos. Conocer las fallas y poder recuperar tiempo perdido (como lo hizo Proust) y aprender de los errores.
Por eso, 20 años después, el Palacio de Justicia debe ser de nuevo recordado y traÃdo al consciente popular, evocar los sucesos para que podamos darnos cuenta de las muchas malas decisiones que fueron tomadas y dejar de creer que en un espacio tan reducido desaparecieron casi por obra de algún desconocido mago muchas de las personas que se encontraban en su interior. Porque van muchos años y pocas respuestas.
Es hora de exigir la verdad sobre lo que pasó allá y no esperar que pasen otros 20 años para hablar de “conmemoraciónâ€, para limitarse a ver fotos y a hacer conferencias que hablan y dicen lo mismo, sin aportar nada nuevo, y sin que exista una verdadera iniciativa para exigir la verdad sobre los hechos.
Aunque, acostumbrados a la impunidad y al olvido no será novedad que sólo se conviertan en narraciones en libros de historia o periódicos de la región que alguien de vez en cuando abrirá.
Porque, triste pensarlo, parece que no sabremos la verdad oculta de lo que realmente pasó. La memoria terminará siendo una foto en un libro de historia el cual se hojeará en una escuela y solo será un recuerdo vago.
Y me doy cuenta ahora de que esos recuerdos perdidos que parecen huir cada vez que los busco son importantes y hacen lo que soy ahora y siento tristeza cuando alguien trata de recordarme un suceso en el cual participé y no encuentro ninguna imagen en mi memoria. Por eso mismo, no debemos dejar que se olviden los hechos porque eso es lo que somos ahora, esta nación que a ratos parece querer mirar adelante sin darse un respiro para mirar hacia atrás.
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Sobre el viaje por Colombia de Soho
El artÃculo de Soho puede leerae aquÃ.
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Contar acerca de los sitios que el colombiano promedio no conoce puede ser una tarea apasionante sobre todo por el hecho de viajar y, si se es periodista, de poder recoger toda esa riqueza informativa que se encuentra en árboles, plantas, animales, personas, casas y muchos otros elementos que componen ese paisaje.
Contar con lujo de detalles (aunque obviamente con la incomodidad del espacio que normalmente puede llegar a ser reducido) y pintar en un escrito toda la travesÃa, el espectáculo y el conocer de un sector alejado, olvidado y al cual muchas veces ni se va a regresar.
La introducción al artÃculo prometÃa que cuatro de los más grandes cronistas de Colombia iban a contar sobre esos extremos de ese paÃs desconocido al cual por su complicada accesibilidad no será conocido por muchos de nosotros.
Por esta razón empecé los artÃculos de la revista Soho con emoción. Pensando que iba a dar un paseo llevado por unas buenas plumas.
Mi desilusión es grande al ver que los nombres de los periodistas parecen no concordar con la calidad de los escritos. Algunas sólo son historias faltas de información, faltas de colores, que sólo demuestran que el periodista estuvo en la región y que gastó el dinero que le habÃan dado para la labor.
Hay un encuentro semirreal con esa patria olvidada en los textos, con esa desolación, con esa pobreza, con esa muerte, con ese olvido. Parece una visita superficial y sin una verdadera razón.
Por eso al releer el artÃculo para escribir estas lÃneas nuevamente me siento triste. No hay esa fuerza que esperaba sobre esa patria olvidada. Lo único que podrÃa rescatar en este momento son las ganas que me quedaron de ir, esa idea de conocer y darle espacio a ese “nuevo†mundo que se levanta tranquilo, callado y tan cerca pero tan lejos de nosotros.
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Y otro año más…
“Se tomaron la embajada, se tomaron el palacio yo lo vi en televisiónâ€
(Mi generación, Poligamia)
El episodio del Palacio de Justicia no lo recuerdo muy bien, recuerdo haber visto las imágenes siendo un niño de 9 años por la televisión mientras jugaba puesto que no habÃa mucho de donde elegir para ver (con solo dos o tres canales). Y asà fue como lo seguÃ, desinteresado por el hecho que mostraban en el medio que no podÃa entender.
Pero para entender lo que de verdad ocurrÃa debieron de pasar muchos años. Aunque, la verdad, sin entender del todo porqué los medios nos dejan vacÃos para sólo informar (o desinformar en este caso) porque al final de cuentas esta es la hora que nadie sabe qué pasó allá.
Y pasa el tiempo y dejamos olvidado el hecho hasta que llega la fecha de ¿conmemorar? un número redondo de ese fatÃdico dÃa y volver a escuchar la historia incompleta y a llorar por las vÃctimas y a no sé que más cosas mientras dura, porque al cabo de unos años será de nuevo otro capÃtulo de la historia guardada que solo se ha de recordar en otra “fecha importanteâ€.
Y continúa la historia, impune y sin respuestas, como casi todas las historias en el paÃs de las cuales sus protagonistas vivos se están haciendo viejos y se van a morir sin contarnos a los que llegábamos apenas esa verdad negada.
Y tocará buscar en periódicos y revistas y leer el montón de interrogantes que se dejaron y del cual los otros protagonistas desaparecieron bajo explosiones y humo sin, según dicen, dejar rastro.
Los hombres a pesar de que recuerden, repiten las historias. Contadas miles de veces y pasadas por generaciones. Algunas ni siquiera hubo que leerlas para que estuvieran presentes en el recuerdo. Asà que no hemos aprendido la lección, seguiremos con los interrogantes y lo único que queda por hacer es volver a llorar en 5 ó 10 años que volvamos a retomar la historia de esos hechos que no sabemos si quedarán en un libro de historia para generaciones futuras.
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Suerte
Otra vez la requisa. El hombre pidió que abriera mi chaqueta antes de entrar. Palpó mi cintura, pidió que abriera mi maleta y luego hizo una seña para que siguiera adelante. Pasé bajo un detector de metales que emitió ese chillido normal para quien entra.
Ya había oído ese montón de bips que invadía el ambiente en otras visitas. Rodeó con la mirada como siempre suelo hacer al llegar. No estaba muy lleno, normalmente a esta hora está así. Dejé mi maleta en la entrada y recibí el ficho para reclamarla después. Sigo hacia adentro. Música proveniente de diferentes máquinas unidas al montón de luz irradiado por las bombillas del lugar que contrastaban con la oscura noche que afuera rondaba la ciudad.
Oí el sonido de las monedas que una mujer insertaba en una máquina mientras las sacaba de un potecito de color azul. Me acerqué por detrás a un hombre robusto que estaba inclinado sobre una de las máquinas en la que se leía que tenía un total de 1500 créditos ganados e insistentemente presionaba el botón de apuesta máxima.
Fui hasta el fondo donde debía cambiar el dinero que llevaba y saqué un billete de 10 para empezar, pedí que lo cambiaran por dos de 5 y me alejé buscando donde empezar a probar mi fortuna.
Una máquina con diferentes dibujos de aves me tentaba a iniciar la ronda mientras veía a mi lado a un hombre de cabello largo que insistentemente presionaba el botón y miraba el resultado de cada jugada. Me miró igual. Pensé en saludar puesto que ya lo había visto varias veces allí. No sabía su nombre pero de tanto verlo en ese lugar creí poder saludarlo. No lo hice y seguí.
Inserté el billete para empezar a probar cómo me iba a ir esa noche. Jugué varias veces sin suerte alguna. Sí recibía algunos premios pero no se comparaban con lo que estaba apostando cada vez. El déficit se hacía más grande y veía disminuir el número de créditos que tenía.
Otro hombre, un poco más lejos, vestido con el chaleco que usa para montar en su moto, agitaba su mano sobre la pantalla de una máquina en la que apostaba en una ruleta electrónica. Parecía obsesionado. Su mano temblaba mientras se movía sobre la pantalla. Ansioso esperaba el resultado.
Otro hombre calvo y con una camisa a cuadros se paraba y se sentaba sin cesar en un vaivén anhelante mientras esperaba los resultados de su apuesta. Un poco más allá veía a una anciana parada al lado de una máquina más alta que ella, insertando monedas y presionando botones. Manoseaba la pantalla como rogando que la siguiente jugada era la que traería la suerte del premio mayor.
Ansioso saqué el otro billete e insistí en la misma máquina. Nada. Nada. Nada. Sentía que debía cambiar, pero no quería pararme sin darle la oportunidad de poder ganar algo de dinero. Quizá la siguiente jugada era la ganadora. Después de varios nada, muecas de casi y uno que otro grito apagado esperando sacar uno de los premios buenos de la máquina salieron las tres imágenes que permitían recibir juegos gratis. Sólo tenía dos o tres juegos más y de repente la máquina empezó a contar. Y rodaron los juegos gratis. Combinaciones de imágenes, unas servían otras no. Veía sumar y sumar créditos a esa máquina y terminé ganando unos 200 créditos.
Quizás la suerte me acompañara así que le di la oportunidad a la máquina. Ya sumaba casi 220 créditos y cada tiro que hacía me costaba los mismos 9 créditos que la máquina permitía apostar. Otras imágenes en línea permitieron que subiera más y más y cada vez más y no podía ocultar mi felicidad.
La verdad no conozco a nadie que se haya ganado un premio mayor en una de esas máquinas, pero me han contado que alguna vez vieron una máquina con bombas en la que supuestamente una señora había obtenido el premio mayor y había ganado unos cinco millones de pesos.
Quería cambiar de máquina un rato después. Me había aburrido. Presione el botón de cobrar y escuché el tintineo de las monedas caer una a una en el recipiente metálico. Tomé las monedas y las cambié por billetes para volver a ingresarlos en otra máquina que me incitara a apostar en ella. Di una vuelta y volví a observar al muchacho de pelo largo. Nuevamente insistiendo. Pasé al lado del señor calvo y estaba sentado en otra máquina, una con discos musicales que bailan y se mueven de un lado para otro. Se inclinaba sobre ella y parecía hablarle, un momento más tarde me pareció que se inclinaba y elevaba una plegaria a la misma.
Probé en una máquina a su lado con un duendecito que bailaba alegremente al obtener varios en una misma línea. Obtuve algunas veces esta posibilidad. También un juego especial de esa máquina que permitía elegir potes de oro para sumar a los créditos ganados. Miraba crecer mis créditos y creía que era mi momento de suerte.
Una mujer se me acercó ofreciéndome algo de tomar. Tomé un vaso de gaseosa y sigo en mirando las imágenes que proyecta la máquina. Otro casi y otro casi y esta vez sí y ay dios y bueno, otra racha de mala suerte. A veces imagino que todas esas jugadas ya han sido programadas y que en definitiva no hay azar. Mal perdedor dirán otros. No sé.
Presioné botones sin mirar mi total. Jugué y jugué hasta que de repente me di cuenta que estaba a punto de terminar lo que tenía en la máquina. Me había gastado hasta lo que había ganado. Terminé los pocos juegos que me quedaban y me paré. Decidí dar otra vuelta antes de seguir.
Una mujer obesa jugaba constantemente en esas máquinas que pagan una sola línea y que se gana al obtener tres sietes juntos. Además la posibilidad de jugar en una pequeña ruleta que hay encima de la máquina que hace que los premios de la máquina aumenten. La observé como pulsaba siempre la máxima apuesta y esperaba el resultado casi instantáneo.
"Me puede cambiar estas monedas por otras, que es lo último que tengo y me quedo solo con lo para el bus", me dijo otra señora de ojos cansados, con ojeras y una voz apagada que mostraba tristeza pero al mismo tiempo resignación. Le respondí negativamente y la vi dirigirse hacia el fondo. Minutos después la veía insistiéndole a la misma máquina. No quise acercarme porque no quería darme cuenta si estaba apostando el dinero de su pasaje, pero se demoró un rato allí.
La señora gorda recogía monedas en el potecito que tiene a su lado y no se paraba de la máquina. Muchas de esas monedas que salen serán unos minutos después vueltas a poner dentro de la máquina.
Hay una mujer que no para de fumar mientras espera que las monedas terminen de salir, no sé si se cansó de la máquina que estaba jugando desde que llegué horas atrás o si ya ganó lo que quería o si no ganó y está sacando lo último que le queda o se va para otra máquina después de gastar mucho tiempo en esta.
Me percaté que el hombre robusto que había visto al llegar ya no estaba en la máquina de la entrada y, además, que todo lo que había visto que tenía en créditos lo había perdido y daba vueltas buscando otro sitio donde sentarse o quizá solo daba vueltas para pasar el tiempo y a esperar amanecer.
Me di cuenta que el día empezaba a aclarar. Miré mi reloj y sentí el cansancio y el sueño por la hora. Llevaba como 8 horas allí. Los ojos pesados queriendo cerrarse. Reclamé mi maleta para poder salir. Revisé mis bolsillos y nada. Bueno, el dinero para poder tomar un taxi porque a pesar de que ya la ciudad ha iniciado su vida matutina y los buses ya han empezado a rodar, mi cansancio no me permite pensar en hacer esa travesía en un bus. Me alejo lentamente rumbo a casa mientras pienso en un nuevo intento de hacer fortuna de forma fácil.
Bueno, ni tan fácil; me dije a mí mismo después.
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