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Oct 06

Viajar

A ratos no entiendo la molestias por las que hay que pasar cuando se va a un aeropuerto.
Ayer perdí la lima de mi cortauñas porque la tenía en la maleta que llevaba colgada al hombro (en ella estaba el libro que iba a leer durante el vuelo, la próxima vez me conformo con revistas o con mirar como la persona de mi lado se encarga de llenar Sudokus). Además perdí unas tijeras que solía usar bastante y quién sabe cuándo consiga porque para que vuelva a subirse un muchacho a un bus urbano ofreciendo agujas, hilo y tijeras hay que esperar mucho (o quizás tenga suerte) o de pronto me acuerde cuando vaya a una tienda y recuerde las cosas que tengo pendientes de comprar y que siempre se olvidan (que para eso están las listas, que también se olvidan en la casa cuando sale uno a proveerse de lo que necesita).
Ahora que recuerdo, hace como tres semanas hice un vuelo Bogotá – Medellín y no me dijeron nada cuando pasé la misma maleta con exactamente lo mismo (como se nota que la usa mucho) y no dijeron nada acerca de los dichosos objetos perdidos, incluso recuerdo que llevaba la colección de agujas que había comprado (que pueden ser consideradas armas cortopunzantes).
Para la próxima creo que me toca revisar mejor la maleta cuando vaya a hacer otro viaje (que es en dos días) para guardar todos esos elementos peligrosos en la maleta de la ropa, aunque, pensándolo, ya no tengo objetos dañinos por ahora.
Y todo por que los que subimos a los aviones somos posibles sospechosos de ataques a la tripulación y podemos tomar control de una nave con un cuchillo de cocina (porque eso de las artes marciales para doblegar a un asaltante solo pasa en las películas y azafatas, pilotos y tripulación en general no tienen tiempo de dedicarse a aprender karate).


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