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El hombre entró al bar en el que me encontraba. No se sentó en ninguna de las sillas sino que se dirigió directamente al escenario donde se encontraba un piano de cola. Se sentó y tocó repetidamente unas ocho notas guiándolas con un compás originado en su mano derecha por dos o tres acordes. Luego salió. Nadie aplaudió. Nadie lo miró. Hoy recuerdo esas notas que no me han abandonado. Que me acompañan y que siempre están conmigo. Unas notas que siguen ahí… tocándose infinitamente.

Publicado enDivagar

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